Ansiedad y Malestar Emocional
No todo es ansiedad
Detrás de experiencias que internamente no logran organizarse del todo aparecen síntomas incómodos que alteran la vida cotidiana, pero no todo es ansiedad.
Todo termina llamándose ansiedad
Con el tiempo, experiencias emocionales muy distintas pueden terminar siendo nombradas de la misma manera: ansiedad.
El cuerpo permanece en tensión, cuesta descansar, aparecen pensamientos repetitivos, irritabilidad o una necesidad constante de anticipar y controlar lo que ocurre.
Nombrar esa experiencia como ansiedad puede entregar una primera sensación de comprensión. Sin embargo, no siempre permite reconocer qué está ocurriendo realmente detrás de esa vivencia.
El cuerpo permanece en alerta
Incluso cuando externamente todo parece estar en calma, internamente el cuerpo continúa funcionando como si necesitara mantenerse preparado para algo.
Otras veces aparece en forma de pensamientos que no se detienen, anticipaciones, preocupación persistente o dificultad para desconectarse.
También puede sentirse en el cuerpo: tensión, cansancio, cambios en el sueño o una sensación difusa de incomodidad que no siempre es fácil de explicar.
A veces, nombrarlo como ansiedad alcanza para organizar momentáneamente lo que ocurre, pero no siempre permite comprender qué está manteniendo esa experiencia.
Lo que encubre la ansiedad
No todo lo que se siente como ansiedad tiene su origen en un mismo lugar ni en un único proceso.
En algunos casos, puede tratarse de respuestas emocionales que se han ido acumulando y organizando en el tiempo, de experiencias que no han podido ser elaboradas o de formas de vincularse con otros que generan tensión permanente.
También puede estar vinculado a momentos de cambio, transiciones, decisiones difíciles o situaciones vitales que desorganizan lo conocido hasta ahora.
A veces, aquello que aparece como ansiedad no es el problema en sí mismo, sino la forma en que algo comienza a expresarse en el presente. No siempre tiene su origen en lo inmediato, sino en experiencias o formas de organización emocional que se han ido configurando a lo largo del tiempo.
Lo que hoy aparece como ansiedad muchas veces comenzó a organizarse mucho antes de hacerse visible.
El malestar no desaparece
Hay momentos en que, aun intentando distintas formas de manejar lo que ocurre, el malestar continúa reapareciendo.
Se buscan explicaciones, estrategias o formas de recuperar tranquilidad, pero esa percepción de malestar vuelve una y otra vez bajo distintas formas.
Con el tiempo, eso puede generar agotamiento, frustración o la sensación de permanecer atrapado en un mismo estado interno, incluso cuando externamente las circunstancias cambian.
En esos momentos, el trabajo terapéutico muchas veces deja de centrarse únicamente en disminuir el síntoma y comienza a orientarse a comprender qué experiencia emocional continúa intentando expresarse a través de ese malestar.
Intentar apagar rápidamente el malestar o controlar el síntoma también puede impedir acercarse a lo que internamente sigue ocurriendo.
Dejar de pelear con lo que se siente
Muchas veces, el alivio no aparece cuando todo finalmente logra entenderse, sino cuando la experiencia deja de rechazarse constantemente.
Poder reconocer honestamente “esto me está pasando”, “esto me duele”, “ya no puedo seguir funcionando igual” o “algo en mi vida necesita cambiar” suele abrir una forma distinta de relacionarse con el malestar.
En esos momentos, la experiencia deja de vivirse únicamente como un síntoma que necesita desaparecer rápidamente y comienza a reconocerse también como una señal de que algo internamente requiere atención, elaboración o transformación.
Desde ahí, el trabajo terapéutico muchas veces deja de centrarse solo en controlar lo que ocurre y comienza a orientarse a desarrollar una relación más consciente y coherente con la propia experiencia emocional.
El alivio comienza cuando la experiencia deja de combatirse internamente y finalmente logra reconocerse.
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